Milán y el espíritu olímpico: una ruta de precisión y elegancia

Cuando pensaba en los Juegos Olímpicos de Invierno, la imaginación solía dibujar cordilleras interminables cubiertas de nieve, siluetas de esquiadores suspendidas en el aire y multitudes reunidas bajo el cielo de un azul luminoso. Sin embargo, Milano Cortina 2026 se reveló en un paisaje más urbano y sugerente, de la mano de Omega.

Con la majestuosidad de Cortina d’Ampezzo como horizonte, el panorama conjugó la energía vibrante de las competencias de velocidad y el patinaje artístico con la visión contemporánea de Milán: su vocación creativa y su inconfundible esencia cultural.

Como toda casa guarda un salón donde la vida social se despliega con elegancia, Milán reconoce el suyo en la Galleria Vittorio Emanuele II, obra de Giuseppe Mengoni. Bajo su imponente cúpula, la ciudad mide su propio latido entre el Duomo de Milán y el Teatro alla Scala.

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El centro comercial más antiguo de Italia, con pisos bellamente adornados con mosaicos, conserva su esplendor intacto. Allí, entre boutiques de marcas de lujo, abrió sus puertas la OMEGA House, que albergó el Ristorante Cracco —distinguido con una estrella Michelin y liderado por el célebre chef Carlo Cracco—.

En la mesa del piso superior, el risotto milanés, al estilo de la casa, nos deleitó con su textura cremosa y su tono dorado: memoria viva de Lombardía y emblema perdurable de la gastronomía italiana. Fue un gesto cálido en el marco de los Juegos Olímpicos de Invierno y una expresión de la hospitalidad franca que acompañó todo el itinerario.

El espacio, concebido como un club contemporáneo y privado, ofrecía salón, transmisiones en vivo y alta cocina; mientras tanto, en la planta baja, el Omega Café by Cracco sostenía el pulso lúdico con un servicio de reconocida excelencia.

Inmersión vibrante

En ese entorno se reunieron embajadores de la manufactura suiza y figuras internacionales del deporte, la moda y el cine. El encuentro tuvo una lógica clara: la marca ha construido durante décadas una relación estrecha con disciplinas donde el tiempo y la exactitud son decisivos. Entre los asistentes estuvo el patinador mexicano Donovan Carrillo, quien disputó su segunda final olímpica consecutiva y concluyó en el lugar 22 tras el programa libre.

La experiencia inmersiva, orientada a explicar con detalle los sistemas de medición y las innovaciones más recientes, se desarrolló en el Omega Pavilion. Ahí, la tecnología tomó el protagonismo y permitió comprender cómo se traduce esa filosofía en herramientas concretas al servicio de la competencia, y también sentir en primera persona la adrenalina deportiva.

Mientras en Omega House se celebraba la historia, en el Omega Pavilion se entendía la ingeniería. Haber estado en ambos permitió dimensionar no solo el legado de la marca, sino el trabajo que sostiene cada fracción de segundo en la pista y las montañas.

Emociones congregadas

En esa manera de esculpir el tiempo, de pulirlo hasta volverlo experiencia, Milán respondía con una precisión inspiradora, hondamente conectada al legado de Leonardo da Vinci. En el refectorio de Santa Maria delle Grazie, el recogimiento fue inevitable ante La Última Cena y ante la maestría con la que el genio universal transformó la pintura en una extensión palpable del espacio.

Esa misma herencia visionaria latía en las arterias de la ciudad y, también, se manifestó en los pebeteros que resguardaron la llama olímpica. Así, la antigua búsqueda de la proporción se tradujo en armonía entre el valle y la cumbre. El ingenio que un día encauzó las aguas de los Navigli modeló, siglos después, el metal que custodió el “fuego sagrado”.

El tributo al agua encontró su eco final en la clausura celebrada en la majestuosa Arena de Verona, a pocas horas de Milán. Bajo la piedra antigua de este anfiteatro del siglo I, declarado Patrimonio de la Humanidad, la historia italiana abrazó al presente en un escenario donde cada arco parecía custodiar la memoria del mundo. La escenografía, inspirada en una gota, evocó el ciclo perpetuo de la naturaleza: líquida, etérea, y al mismo tiempo sólida e imprescindible para los deportes de invierno.

Ópera, danza, cine y tecnología se fundieron en una elegancia profundamente italiana: un equilibrio delicado entre clasicismo y contemporaneidad que tomó forma en la narrativa de “La Belleza en acción”. En la imponente Arena de Verona, la nostalgia y el júbilo se conjugaron con una pasión desbordada.

Y entonces, entre luces y acordes, Donovan Carrillo y Sarah Schleper avanzaron con la bandera en alto, desplegando no solo los colores de México, sino el orgullo de quienes han abierto camino sobre hielo ajeno. Fue un instante de íntima emoción, un destello de identidad que nos recordó que cada nación lleva consigo una historia que merece ser contada.

Entre himnos y aplausos, Italia se despidió de unos Juegos memorables y abrió el horizonte hacia los Alpes Franceses 2030, recordándonos que el espíritu olímpico perdura más allá de toda ceremonia.

Las palabras de Kirsty Coventry, presidenta del Comité Olímpico Internacional, sellaron la noche con esperanza: la llama se apagará, dijo, “pero su luz permanecerá en cada niño que se atreva a soñar, en cada atleta que encuentre en el deporte un espacio de dignidad y coraje”. Y en esa promesa de continuidad y excelencia, respaldada por la precisión constante de Omega, el tiempo volvió a adquirir su forma más noble: la de un legado que avanza, fiel a su memoria y abierto al porvenir.