
Una mujer puede compartir espacio con animales, flores que parecen crecer sin límites, corazones abiertos, alas, coronas o llaves. Nada resulta completamente extraño y, al mismo tiempo, tampoco pertenece del todo al mundo que conocemos. En las pinturas de Mónica Fernández, lo imposible no necesita explicación: simplemente ocurre.
Ahí comienza el vínculo de la artista mexicana con el realismo mágico, un territorio que durante décadas ha encontrado en América Latina un espacio fértil para borrar las fronteras entre realidad, imaginación, memoria y simbolismo.
Fernández traslada esa lógica a la pintura desde una perspectiva íntima. Sus personajes habitan escenas aparentemente detenidas en el tiempo en las que cada elemento —por pequeño que sea— puede funcionar como una pista. Hay naturaleza, animales y objetos reconocibles, pero las relaciones que establece entre ellos escapan de la lógica cotidiana.
Un realismo mágico construido desde lo íntimo
Originaria de Torreón, Coahuila, Mónica Fernández comenzó a dibujar desde niña. Antes de pensar en el arte como una profesión, encontró en él una manera de ordenar emociones y traducir aquello que no siempre podía expresarse mediante palabras.

Ese origen permanece visible en su producción actual. Su realismo mágico no parte necesariamente de grandes acontecimientos fantásticos. Aparece, más bien, cuando una situación reconocible comienza a transformarse mediante símbolos y pequeñas alteraciones de la realidad.
Las mujeres como protagonistas
“Pinto mujeres porque es desde la piel que me tocó experimentar la vida. En ellas hay una parte de mí, pero no son retratos; son personajes para hablar de una emoción, contar una historia o hacer una pregunta”, explica Fernández.
Esa diferencia resulta importante. Las mujeres de sus cuadros no buscan representar personas específicas. Funcionan como personajes capaces de sostener ideas relacionadas con la identidad, el duelo, la vulnerabilidad, la memoria o la pertenencia. Alrededor de ellas, el mundo puede comportarse de otra manera.
Mundos dentro de otros mundos
Buena parte de la personalidad visual de Fernández está en los detalles. Sus pinturas están construidas mediante capas de información que obligan a modificar la distancia desde la que se observa el lienzo.
Primero aparece la escena. Después comienzan a revelarse los símbolos. Flores, pétalos, animales, semillas, listones, corazones, alas, coronas y llaves se incorporan a las composiciones como elementos narrativos. Algunos parecen tener un significado evidente; otros quedan abiertos a la interpretación de quien mira.
Esa acumulación responde también a su forma de trabajar. “¡Soy súper obsesiva! No puedo parar. Voy construyendo mundos dentro de otros mundos y llega un momento en que tengo que obligarme a decir: ‘Ya está, ya no le muevas’”, cuenta la artista.

Fernández dedica entre seis y ocho horas diarias al trabajo dentro de su estudio. La minuciosidad no es solamente un recurso estético: es parte del mecanismo mediante el cual construye esos universos en los que realidad y fantasía terminan mezclándose.
De la técnica a la imaginación
Aunque sus primeros pasos fueron autodidactas, Fernández posteriormente desarrolló una formación académica que amplió sus recursos técnicos.
En 1999 viajó a Florencia para estudiar en el Lorenzo de’ Medici Institute, donde exploró disciplinas como óleo, tinta china, acuarela y medios mixtos. Entre 2002 y 2003 continuó su preparación en San Miguel de Allende, acercándose también a la escultura, el grabado y el batik.
Esa formación proporciona la estructura técnica sobre la que posteriormente construye escenas que, paradójicamente, buscan escapar de las reglas de la realidad.
El detalle preciso permite hacer creíble lo improbable. Y es precisamente allí donde su obra se acerca con mayor claridad al realismo mágico: lo fantástico no aparece como una ruptura brusca dentro del cuadro, sino integrado con naturalidad a la escena.
La naturaleza también cuenta historias
Dentro de esos universos, la naturaleza tiene un papel recurrente. No funciona únicamente como escenario. Flores, semillas y animales aparecen asociados con conceptos como libertad, fragilidad, resistencia o transformación. La naturaleza se convierte así en otra forma de lenguaje.
Esta relación tuvo una de sus expresiones más amplias en Wild Flowers, experiencia inmersiva creada en 2023, presentada inicialmente en Torreón y posteriormente en Monterrey.

Su producción más reciente lleva esa exploración hacia otra pregunta: ¿qué significa pertenecer? La nueva serie plantea espacios en los que diferentes personajes y formas de vida pueden convivir sin modificar aquello que los hace distintos. Mujeres, animales y plantas comparten el lienzo mientras aparecen corazones abiertos, alas, llaves, listones y coronas.
Son símbolos mediante los cuales Fernández aborda la vulnerabilidad, el dolor, el duelo y la búsqueda de refugio. Una de las obras que concentra esta etapa lleva por título Todo cabe en ella. La pieza sintetiza la idea de un espacio capaz de contener distintas realidades sin exigir que ninguna renuncie a su propia identidad.
El realismo mágico de Mónica Fernández cruza fronteras
Mientras ese universo visual continúa creciendo, la obra de Mónica Fernández también ha comenzado a ampliar su recorrido fuera de México. Desde 2019, la artista ha intensificado su presencia mediante exposiciones en Estados Unidos, Francia, Italia y España, llevando una propuesta nacida en Torreón hacia distintos circuitos internacionales.
Actualmente mantiene dos puntos importantes para la difusión de su trabajo. En México, su obra está disponible permanentemente en Galería Juárez 2525, en Torreón, mientras que en Europa es representada por Les Galeries Bartoux, firma francesa con presencia en distintos destinos del continente.
La expansión resulta particularmente interesante porque ocurre sin abandonar el territorio desde el que Fernández ha construido su lenguaje: esa frontera difusa en la que una escena puede ser perfectamente reconocible y, unos centímetros más adelante dentro del mismo cuadro, comenzar a desafiar las reglas del mundo real.
Cuando la historia deja de pertenecer al artista
Hay otra característica que acerca el trabajo de Fernández al espíritu del realismo mágico: sus cuadros no necesitan resolver sus propios misterios.
Una llave puede sugerir que existe algo por abrir. Un corazón puede hablar de vulnerabilidad. Una flor puede convertirse en libertad. Pero ninguna interpretación queda completamente determinada.

La historia termina de construirse frente al lienzo. “Cuando termino una pintura, yo estoy contando una historia, pero en el momento en que alguien más se encuentra con ella, empieza a contar su propia historia a través de la obra”, explica Fernández. “En ese instante, la pintura deja de ser solo mía; se convierte en un punto de conexión profundamente humano donde nos reconocemos”.
Quizá ahí se encuentre una de las claves de su aproximación al realismo mágico. Mónica Fernández no utiliza lo fantástico para escapar de la realidad, sino para entrar en ella desde otro lugar.
Sus mujeres, flores, animales y objetos imposibles terminan hablando de asuntos completamente reconocibles: pertenecer, perder, recordar, protegerse y encontrar un espacio propio.
Y mientras sus pinturas comienzan a viajar cada vez más lejos de Torreón, ese universo construido entre lo real y lo improbable encuentra también nuevos espectadores dispuestos a completar sus historias.
Aquí el realismo mágico ya no aparece como una etiqueta secundaria, sino que determina desde la entrada hasta el cierre y permite conectar su técnica, simbología, figuras femeninas y expansión internacional bajo una misma idea editorial.