Juan Diego Flórez deslumbra en el Liceu: talento, humildad y excelencia en vivo

Aunque no me considero melómana, soy incondicional de la música clásica en vivo: solo así se habita plenamente la voz y se conecta con escenas y personajes que, gracias al genio de compositores e intérpretes, se sienten cercanos y familiares. La sorpresa fue descubrir a un divo sin artificios: el talento de Juan Diego Flórez es proporcional a su humildad y cercanía sobre el escenario.

Lo comprobé el jueves 19 de marzo en el Gran Teatre del Liceu, durante su recital acompañado por el pianista Vincenzo Scalera, con quien mantiene una prolongada complicidad artística. El programa abarcó estilos y épocas diversas, de Mozart y Rossini al refinamiento francés de Massenet y Gounod, pasando por romanzas de zarzuela de Chapí, Vives y Serrano, hasta culminar con Verdi, confirmando la versatilidad y el espléndido momento vocal del tenor.

Este recital forma parte de la iniciativa Rolex Perpetual Arts, un proyecto de Rolex que promueve la excelencia artística y la transmisión del conocimiento entre generaciones. Flórez integra el selecto grupo de artistas de la iniciativa, reafirmando su compromiso con la excelencia y la difusión del arte. De todo esto y más hablamos con él.

Su carrera comenzó muy joven y con un éxito fulgurante. ¿Qué recuerda de aquel debut que cambió su vida?

Lo recuerdo como un momento de muchísima adrenalina, y de convicción. Fue en Pésaro, en 1996, en el Rossini Opera Festival. Tenía apenas 23 años y me encontré sustituyendo al tenor principal en Matilde di Shabran. Yo estaba ahí para hacer un rol secundario en otra ópera. Ante la enfermedad del personaje principal, el director artístico me preguntó: “¿Tú crees que puedes?”. Y yo, con arrojo e inconsciencia, dije: “Sí, sí, sí, puedo”. Luego me di cuenta de lo difícil y larga que es la partitura y por lo tanto, que estaba ante una montaña difícil de escalar, pero no imposible.

Desde fuera, esos momentos se cuentan a veces como si uno los viviera con la conciencia clara de que está entrando en una nueva etapa de su vida. Pero la verdad es que, cuando uno es joven, vive más bien dentro de la urgencia del presente: la música, el escenario, la concentración absoluta, el deseo de responder. Más que el éxito en sí, lo que recuerdo es la sensación de que mi vida estaba cambiando rápidamente, de que se abría una puerta y de que había que estar a la altura de lo que esa puerta exigía.

Pésaro fue un comienzo fulgurante, sí, pero también una gran lección: que una carrera se sostiene con preparación, seriedad, capacidad de responder cuando llega el momento difícil y un compromiso con el público que he intentado mantener intacto hasta hoy.

¿Qué papel ha jugado la disciplina en una carrera tan exigente como la suya?

La disciplina no es un complemento, es la base. La voz es un instrumento físico, vivo y extremadamente sensible al entorno. No es algo que uno pueda guardar en un estuche al terminar una función. Vive contigo todo el tiempo: cuando duermes, hablas, viajas. La voz depende de cómo la cuidas, de cómo gestionas el cansancio y hasta de cómo atraviesas ciertos estados emocionales.

Por eso, sin una cierta disciplina de vida y, sobre todo, sin la disciplina de la técnica vocal, el talento se agota pronto. Muchas veces se habla del canto en términos de inspiración o de emoción, y por supuesto esas dimensiones son esenciales. Pero la emoción, para poder manifestarse con libertad, necesita una estructura técnica muy sólida detrás y una atención a la elección del repertorio. Esa tranquilidad técnica es la que permite concentrarse en la expresión y en la comunicación de emociones, en la palabra y en la verdad del personaje.

Se le asocia especialmente al repertorio belcantista. ¿Qué le atrae de compositores como Gioachino Rossini, Gaetano Donizetti o Vincenzo Bellini?

Me atrae la combinación de elegancia, dificultad y belleza expresiva del bel canto. Rossini exige virtuosismo, precisión y agilidad casi instrumental, generando una sensación de ligereza y eficacia teatral. Donizetti y Bellini requieren un legato continuo, nobleza en el fraseo y sinceridad expresiva; Bellini busca líneas suspendidas y flotantes, mientras Donizetti combina elegancia belcantista con emociones directas y conmovedoras. En este repertorio, solo una técnica que domine sus extremas dificultades permite alcanzar la verdadera expresión.

¿Cómo ha evolucionado su voz con el paso de los años y cómo decide cuándo abordar nuevos roles?

La voz va cambiando de forma natural. Con los años, el instrumento pierde algunas cosas y gana otras. Gana cuerpo, nuevos colores, nuevas posibilidades expresivas. Gana también una cierta profundidad humana que no tiene tanto que ver con la voz en sí, sino con la experiencia de vida.

Siempre he tratado de escuchar a mi cuerpo y de mantener una relación muy honesta con mi instrumento. El canto lírico es una carrera que debería ser larga; dicho sea de paso, este año estoy celebrando mis 30 años de carrera. Y uno de los mayores peligros es la impaciencia: querer llegar demasiado pronto a ciertos repertorios o dejarse llevar por expectativas externas. Yo siempre he intentado proteger la voz pensando a largo plazo.

He pasado de roles puramente ligeros y lírico-ligeros a personajes más líricos, como WertherRoméo, o Hoffmann, pero esa evolución nunca ha sido una estrategia artificial. Ha sido algo orgánico. La decisión de abordar un nuevo rol llega cuando siento que la voz está cómoda en ese lenguaje, que no hay esfuerzo en la emisión, que el personaje me ofrece algo auténtico y que yo también puedo ofrecerle algo a él.

La visión a largo plazo ha sido una gran aliada. En este oficio, llegar un poco más tarde a un rol suele ser una virtud. Llegar demasiado pronto puede ser un error.

¿Hay algún personaje que aún sienta como una asignatura pendiente?

En este momento me interesa seguir profundizando en los roles ya debutados, pero que he interpretado pocas veces; roles del repertorio francés, como WertherRoméoHoffmannLes pêcheurs de perlesManon, etc., los cuales me resultan muy cómodos ahora. Hay en esa música una elegancia, una sensibilidad y un equilibrio entre lirismo y palabra que me atraen mucho. La orquestación de estas óperas te envuelve y es una aliada en la expresión.

Quizás también podría haber, en algún momento, algún nuevo título de Verdi que se ajuste bien a mis medios actuales. Pero digo esto siempre con mucha cautela, porque creo profundamente en el respeto a la partitura y al instrumento. No me interesa cantar algo por ambición o por curiosidad superficial.

Con los años, uno aprende que no todos los papeles que admira le corresponden, y eso está bien. La madurez artística también consiste en saber decir no, en entender que una carrera no se mide por la cantidad de roles que uno canta, sino por la verdad con la que canta los roles correctos. Siempre hay algo por descubrir, algo que madura lentamente, algo que tal vez un día se vuelve posible. Y ese horizonte abierto es una de las cosas más bellas de este arte.

¿Qué le motiva hoy, después de haber conquistado los grandes escenarios del mundo?

Me motiva la búsqueda de la excelencia, que es un horizonte que nunca se alcanza del todo. Y quizá justamente por eso sigue siendo tan estimulante. En una carrera larga, uno comprende que no existe un punto de llegada definitivo. Siempre hay algo que afinar, algo que comprender mejor, algo que descubrir en una partitura, en una palabra, en una intención dramática.

Los grandes escenarios del mundo son, por supuesto, una bendición y un privilegio. Siento una gratitud enorme por haber cantado en teatros tan importantes. Empecé en La Scala de Milán a los 23 años, y ahí me encuentro como en casa. Pero lo que me mueve no es tanto la idea de haber “conquistado” esos lugares, sino la posibilidad de seguir creciendo dentro de ellos.

También me motiva cada vez más el impacto que la música puede tener fuera del teatro. Hoy, mi motor puede ser tanto una noche en La Scala como ver el progreso de un niño en una orquesta en Perú. Ambas experiencias, aunque aparentemente muy distintas, tocan algo esencial: el poder transformador de la música.

Sinfonía por el Perú, la organización que fundé en 2011, ocupa un lugar muy profundo en esa motivación. Ver cómo la música puede cambiar el horizonte de vida de miles de niños de escasos recursos es algo que da una perspectiva completamente distinta a lo que significa ser músico. El verdadero éxito no está solo en lo que uno alcanza, sino también en lo que uno ayuda a hacer posible para los demás.

¿Se imagina explorando otros géneros musicales o incluso nuevas formas de expresión artística?

Mis raíces están en la música popular, el folclore peruano y el rock; eso siempre me acompaña. Antes de dedicarme por completo a la ópera, escuchaba y hacía mucha música popular. Esa parte de mí sigue viva. De hecho, al final de mis conciertos ya es una tradición que yo saque la guitarra y cante canciones de mi país, españolas o latinoamericanas. El público lo pide y lo disfruta. A mí me encanta hacerlo y creo que le da al concierto una dimensión más, algo liviano y auténtico que la gente se lleva con ellos.

En cuanto a dedicarme de lleno a otros géneros, no lo creo, pero he explorado en estos años géneros como el musical: el verano pasado canté West Side Story en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona, lo disfruté mucho.

Si no hubiera sido tenor, ¿qué cree que estaría haciendo?

Es difícil de decir, porque la música entró en mi vida muy temprano y de una forma muy decisiva. O sea que habría sido músico de todos modos, quizá en el mundo del pop o del rock. Podría imaginarme en un escenario, o quizá en un estudio de grabación, o tal vez componiendo o produciendo música pop.

Dentro de la música clásica, hubiese sido seguramente director de orquesta. Siempre me atrajo la dirección e incluso, en algún momento durante mis estudios en Philadelphia, lo consideré.

¿Qué significa para usted formar parte de la familia Rolex?

Es, ante todo, una relación de confianza y de valores compartidos. Me siento muy cómodo en esta “familia” porque no se trata solo de relojes, sino de una comunidad de personas: artistas, científicos, exploradores y deportistas que dedican su vida a perfeccionar su oficio. Y esa idea del perfeccionamiento constante, del trabajo silencioso y del respeto por la excelencia me resulta muy cercana.

Es un honor estar asociado a una institución que cuida tanto la cultura y apoya a tantas instituciones, como teatros y orquestas filarmónicas, y que entiende la importancia del tiempo no solo en un sentido literal, sino también simbólico. Porque el tiempo, en el arte, lo es todo: el tiempo de formación, el tiempo de maduración, el tiempo de una carrera, el tiempo que tarda una visión en convertirse en legado.

¿En qué momento sintió que su trayectoria conectaba de forma natural con los valores de la marca?

Creo que fue cuando comprendí que, tanto en la música como en la alta relojería, el detalle más pequeño, hecho con sentido de compromiso y de amor por lo que se hace, es lo que marca la diferencia. Todo eso, puesto al servicio de algo bello, es algo que aplico en cada ensayo, en cada representación, en cada rol, en cada ópera. Siento que hablamos el mismo lenguaje y que compartimos el mismo objetivo.

Rolex habla de excelencia, precisión y legado. ¿Cómo se traducen esos conceptos en su carrera artística?

En la ópera, la precisión es fundamental. Un error de tiempo, de afinación, de respiración o incluso de intención puede romper la magia. También un cambio de escena mal ejecutado, que dure demasiado; un cambio de luz que no llegue en el preciso momento musical; o una obertura ejecutada demasiado lenta o rápida. Y el público quizá no siempre puede nombrar exactamente qué ocurrió, pero lo percibe.

La ópera tiene una verdad muy física: cuando todo está en su sitio, se siente; y cuando algo se quiebra, también. La excelencia, para mí, es el estándar que uno se impone a sí mismo cada día, no solo cuando hay público. De hecho, diría que empieza precisamente cuando no hay público: en el estudio, en el ensayo, en el modo en que uno prepara una frase, aunque nadie lo vea. La excelencia no es un gesto espectacular; es una forma de disciplina interior.

Y el legado es quizá la dimensión más profunda, porque nos obliga a mirar más allá de nosotros mismos. En la música, uno nunca parte de cero. Siempre recibe algo. Cuando canto a Rossini, a Donizetti o a Bellini, estoy entrando en una tradición que me precede por siglos y que me sobrevivirá. Uno es apenas un eslabón en esa cadena.

Por eso, el legado no tiene que ver solo con grabaciones o con una carrera personal. Tiene que ver con la transmisión, con lo que uno deja a los jóvenes, con lo que ayuda a construir, con la manera en que honra una tradición y, al mismo tiempo, la mantiene viva.

Rolex ha impulsado mentorías dentro de su iniciativa Perpetual Arts. ¿Qué papel han tenido sus maestros en su carrera?

Han sido guías esenciales. Ningún artista se forma solo. Uno puede tener talento, intuición, incluso una cierta facilidad natural, pero eso nunca basta. Hace falta alguien que te ayude a comprender tu instrumento, a ordenar tu crecimiento, a ver con claridad lo que tú todavía no puedes ver.

Tuve la gran suerte de contar con el apoyo de Ernesto Palacio, quien no solo fue mi maestro, sino mi mentor en el sentido más amplio de la palabra. Y esa diferencia es muy importante. Un maestro te puede guiar en el canto, con el repertorio, con el estilo. Pero un mentor te enseña también a gestionar tu carrera, a tomar decisiones, a mantener los pies en la tierra y a protegerte de tus propias prisas o de las expectativas ajenas.

Ese traspaso de sabiduría es vital, sobre todo en un mundo como el de la ópera, donde la voz va transformándose, las tentaciones son muchas y las decisiones pueden tener consecuencias duraderas. Un buen mentor no te impone su voz, ni su carrera, ni su personalidad. Te ayuda a descubrir la tuya.

¿Se siente hoy en la responsabilidad de acompañar a nuevas generaciones de talentos?

Sin duda. Siento que es una forma de devolver todo lo que he recibido. Cuando uno ha sido tan afortunado como yo, en el sentido de haber encontrado apoyo, guía, oportunidades y también afecto en el camino, llega un momento en que compartir deja de ser una opción secundaria y se vuelve una responsabilidad natural.

Me gusta mucho trabajar con jóvenes, escucharlos y tratar de transmitirles no solo consejos técnicos, sino también algo más difícil de enseñar: la paciencia, la seriedad, el respeto por esta profesión. He hecho varias masterclasses y he acompañado a jóvenes cantantes en sus inicios, antes, y ahora sobre todo desde mi trabajo como director artístico del Rossini Opera Festival de Pésaro.

Su proyecto Sinfonía por el Perú demuestra un fuerte compromiso social. ¿Cómo encaja esta dimensión con su papel como embajador de una firma histórica como Rolex?

Encaja muy bien a través del concepto de “Perpetual”, de lo que perdura, de lo que no se agota en un gesto momentáneo. Rolex cree en proyectos que tienen continuidad, que transforman el entorno y que se construyen con visión de largo plazo. Y Sinfonía por el Perú nace precisamente de esa misma convicción.

Nuestro objetivo no es solo formar músicos. Es formar personas, ciudadanos con valores, con autoestima, con disciplina, con capacidad de escucha, de convivencia y de trabajo colectivo. La música, en ese sentido, es un vehículo extraordinario.

Ese deseo de construir algo duradero y de alta calidad para la sociedad es, para mí, un punto de unión muy fuerte entre ambos mundos. A veces se piensa que excelencia y compromiso social pertenecen a ámbitos distintos, pero yo no lo creo. La verdadera excelencia también tiene una dimensión humana. También se mide por el impacto que deja.

Y en mi vida esas dos dimensiones no están separadas. La música que interpreto en el escenario y el trabajo que hago con Sinfonía por el Perú forman parte de una misma visión: la idea de que el arte, cuando es auténtico, tiene también una capacidad transformadora.

¿Qué importancia tiene el legado, tanto en la música como en la relojería?

Es enorme. El legado es lo que nos conecta con la historia, pero también con el futuro. Es una forma de continuidad. Cuando canto una ópera de Rossini, estoy manteniendo vivo un legado de hace doscientos años. No se trata solo de reproducir unas notas escritas en una partitura; se trata de devolverles vida en el presente, de hacer que esa música vuelva a respirar frente a un público de hoy.

Un reloj Rolex, de una manera distinta pero igualmente hermosa, también es un objeto que puede pasar de generación en generación. Lleva dentro una idea de precisión, de permanencia, de cuidado, de memoria. Ambos mundos, la música y la relojería, son, en cierto modo, formas de desafiar al tiempo. Formas de hacer que algo bello, preciso y profundamente humano sobreviva a los años.

Me gusta pensar que, en ambos casos, el legado está vivo. Una obra musical vive cuando alguien la interpreta, y un reloj adquiere sentido cuando acompaña una vida y luego otra.

¿Recuerda su primer reloj? ¿Qué simbolizaba para usted?

Recuerdo cuando compré mi primer Rolex. Fue en Viena, y aún no era embajador. Para mí, tener un Rolex por primera vez fue un símbolo de madurez. Fue un momento muy emotivo, en medio de una etapa de mucho trabajo y crecimiento artístico. Con el tiempo, un reloj puede convertirse también en un recuerdo de esos momentos.