
La primera vez que escuché la palabra frituur no estaba en la Ciudad de México. En Bélgica y en Holanda se refiere a esos pequeños lugares donde la gente pasa por papas fritas, croquetas o snacks calientes. Algo así como una taquería, pero en versión europea.
En la Condesa, esa palabra terminó dando nombre a un restaurante que tomó la idea original y la transformó en algo más cercano a un bistró de barrio. Así nació Frituur, el proyecto de Gypsy Lara y Glenn Van Damme, que abrió sus puertas en mayo de 2022 después de varios meses buscando el espacio adecuado.
La historia, según cuentan ellos mismos, empezó casi como muchas historias de restaurantes recientes: al final de la pandemia y con la idea de construir un lugar sencillo donde cocinar lo que les gusta comer.
Un bistró de barrio
En Bélgica y Holanda, un frituur suele ser un sitio especializado en frituras. Papas, croquetas, salchichas o pequeños antojos que se piden rápido y se comen sin demasiadas ceremonias. En la Condesa, la idea evolucionó.

El menú empezó con esa base —snacks fritos, papas y croquetas— pero poco a poco se amplió. Primero llegaron los desayunos y los waffles belgas; después algunos platos más completos pensados para la comida o la cena.
Hoy la carta convive entre esos dos mundos: la comida casual de frituur y los platillos de un pequeño bistró europeo.
La cocina tiene una base claramente belga-holandesa, aunque también aparecen guiños de otras cocinas. Parte de ese equilibrio viene del trabajo creativo de Gypsy Lara, que ha ido adaptando las recetas al paladar local sin perder el origen de los ingredientes.
Ingredientes que viajan desde Bélgica y Holanda
Uno de los detalles que más define a Frituur es el cuidado por los ingredientes. Glenn Van Damme ha puesto especial atención en traer productos desde Bélgica y Holanda.

Las papas que se utilizan para las frites, por ejemplo, siguen la técnica clásica de doble fritura que las deja crujientes por fuera y suaves por dentro.
Algo parecido ocurre con otros productos de la carta: las cervezas belgas, algunos quesos y el chocolate también llegan desde Europa. El resto se trabaja en la cocina del restaurante de manera artesanal.
Los waffles se preparan al momento, las croquetas se hacen en casa y buena parte del menú mantiene ese ritmo pausado de cocina hecha desde cero.
Qué pedir: del desayuno a la cena
El restaurante funciona a distintas horas del día, y cada momento tiene su propia dinámica.
Los desayunos son, de hecho, el momento más concurrido. Según el equipo del restaurante, cerca del 70 % de las mesas en esa hora suelen estar ocupadas por clientes que ya han regresado varias veces.





Entre los platos más pedidos están:
Huevos benedictinos
Omelette de chilaquiles
Waffles belgas
Más tarde, el menú se mueve hacia opciones más robustas. Aparecen platos como:
Steak frites
Currywurst
Hamburguesa
Stoofvlees parmentier, un estofado de res cocinado en cerveza Brugse Zot Dubbel y gratinado con puré de papa
También hay una selección de tartines, como el de sopa de cebolla, que combina la idea del pan tostado con sabores clásicos de la cocina europea.
Y por supuesto, la sección frituur, donde aparecen las croquetas y las papas fritas con distintas salsas.
El final dulce: tiramisú con acento belga
El postre más representativo del menú también tiene una pequeña variación interesante.
Aquí el tiramisú no se hace con soletas, como en la versión italiana tradicional. En su lugar se utilizan galletas Speculoos, un clásico belga con notas especiadas que cambia por completo la textura del postre.
Es uno de esos detalles que recuerdan constantemente el origen del restaurante: Bélgica y Holanda como punto de partida, pero reinterpretados en una cocina de barrio en la Ciudad de México.
Más que un restaurante de ocasión, Frituur parece funcionar como esos lugares que uno descubre caminando por la colonia y termina visitando varias veces.
Parte de eso tiene que ver con el ambiente relajado del servicio —cálido e informal— y con una cocina que no busca complicarse demasiado: buenas papas fritas, waffles hechos al momento, cerveza belga y platos caseros.
En una colonia donde conviven propuestas gastronómicas de muchos estilos, este pequeño bistró belga-holandés ha encontrado su lugar apostando por algo sencillo: cocina artesanal, ingredientes bien elegidos y una idea clara de lo que significa un frituur… incluso a miles de kilómetros de Bélgica.