
Bienvenido a las mejores 23 millas de comida mexicana en Estados Unidos” es una frase que se agolpa en la memoria al recorrer las calles de Tucson, como si representara una cita con el pasado que no se puede postergar. Aunque quizá debería decirse: “…a los mejores 37 kilómetros”, porque esta ciudad de Arizona se conecta con la frontera de México a través de la Interestatal 19, la única carretera en Estados Unidos cuyas señales indican las distancias en sistema métrico, y no en el anglosajón.
Esta antigua urbe, en cuyos caminos se resguardan más de 4,000 años de historia, aún mantiene ese aire de provincia en el que la herencia hispana y la nativa americana, lejos de esconderse, palpitan con fuerza a través de cada manifestación cultural: desde el arte hasta la gastronomía. Así, Tucson se transforma en un crisol de sensaciones que estallan como una fuerza incontenible en el paladar.
Este destino de cielos oscuros, donde es posible observar el firmamento y ver pasar la Estación Espacial Internacional sin necesidad de telescopio, fue reconocido en 2015 como la primera Ciudad Creativa Gastronómica de la Unión Americana por la UNESCO. Sí, así como se lee, con el protagonismo hedonista asociado con Nueva York o Los Ángeles.
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Este título es resultado de una fusión incomparable entre las influencias culinarias europeas y una historia agrícola milenaria, la cual ha dejado una huella indeleble. Todo ello ha dado forma a un mosaico de tradiciones, donde cada bocado se convierte en una auténtica danza de sabores que deleita los sentidos. Esta vibrante escena se expresa tanto en propuestas de whisky artesanal como en panes únicos y restaurantes liderados por una armada de chefs decididos a refrendar el leitmotiv de que, en Tucson, se come bien.
EXPERIENCIA ECLÉCTICA
Para comprobarlo, Robb Report fue invitado a descubrir su propuesta culinaria, la cual, por momentos, evoca al hogar.
No a la casa, sino a esa morada forjada por la memoria, tejida entre encuentros y desencuentros de dos países unidos por una enorme frontera, la misma que arrebata siglos de historia.

Hospedarse en Loews Ventana Canyon Resort para comenzar el viaje es una buena decisión. Con su imagen onírica —un lienzo pintado de tonos ocres y verdes, salpicado de saguaros— el hotel enmarca un tranquilo estanque de peces a los pies de una montaña.
Allí, un pequeño salto de agua en medio del desierto revela una verdad poderosa: resistirse a desaparecer puede depender de no aceptar un destino que parecía inevitable. Tal como lo proyecta Tucson, con su discreto encanto, alejado del bullicio estadounidense.
Desde este hotel, la ciudad que forma parte del Cinturón del Sol emerge como un festín de sabores que alienta una singular travesía, lo mismo en spots gastronómicos de ambiente más informal, como 5 Point Market & Restaurant (con su menú de cocina americana, elaborada con base en ingredientes de productores locales); o Anello, con su propuesta de pizzas artesanales.
Al igual que lo hace BOCA Tacos, de la chef María Mazón, quien con su carácter extrovertido explica que para ella Arizona y Sonora son un solo país. Eso busca reflejar en su cocina ecléctica, donde cada taco se convierte en una obra maestra.
Pero el verdadero corazón de su propuesta está en sus salsas, una constante innovación que ha hecho de su cocina un tesoro gastronómico dentro del contexto americano.
Por su parte, Tito & Pep, del chef John Martínez, ofrece una experiencia tipo bistró que abraza el espíritu de la ciudad con un menú excepcional de cocina al fuego de mezquite. Entre sus platos destacan el Grilled Octopus, los Sea of Cortez Shrimp y el Grilled Baja Striped Bass.
FESTÍN EN MOVIMIENTO
Este deambular de sabores invita a recorrer las calles de Tucson, donde murales con vaqueros gigantes conviven con el exterior prístino de la Misión de San Xavier del Bac:
una joya del siglo XVIII considerada obra maestra de la arquitectura española. Más que una iglesia, es una ventana al pasado, que aguarda impasible en medio del desierto.


Pero la propuesta de Tucson va más allá de sus restaurantes o del majestuoso Sabino Canyon. También se cuenta a través de proyectos entrañables como Whiskey del Bac, donde se producen destilados con una peculiaridad: la malta “mesquiteada”, en lugar de la tradicional malta turbada. Su fundador, Stephen Paul, cuenta que la idea surgió una noche fría mientras compartía una barbacoa y un whisky escocés con su esposa, Elaine.
Así nació este single malt que hoy enorgullece a la ciudad. Otra historia entrañable es la de Don Guerra, quien ha convertido a Barrio Bread en una parada obligada.
Su pan artesanal —elaborado con pasión heredada de su madre y abuela— ha ganado reconocimiento nacional.
Para conocerlo, hay que visitar su pequeño local en 18 South Eastbourne Avenue y probar un Cinnamon Raisin o un Desert Durum, verdaderos íconos del sabor local.
Al salir, la noche y el desierto de Sonora revelan un destino que ha encontrado en su gastronomía auténtica una forma de ser y de entender el laberinto de sus orígenes. Orígenes que se extienden a ambos lados de la frontera y que, en su fusión, logran dar forma a una sinfonía de sabores inaudita.