
En pleno corazón de París, desde las instalaciones del museo más visitado del mundo: el Louvre, Louis Vuitton se encargó de cerrar, con broche de oro, el ciclo de las semanas de la moda en el mundo.
Es la colección primavera-verano 2018, que está llena de anacronismos y establece un diálogo entre guardarropas que trasciende el tiempo.
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¿Será posible despertar a las prendas de épocas pasadas e infundirles el espíritu del presente? Ese fue el reto que se planteó el director creativo de la marca, Nicolas Ghesquière, inspirado por la noción de un estilo perenne, mientras observaba piezas de ropa pertenecientes a la aristocracia francesa del siglo XVIII, en una visita al Museo Metropolitano de Nueva York.
Así fue concebida esta colección que puso sobre la pasarela doublets en telas brocadas con aplicaciones y detalles futuristas, combinados con sencillos pantalones cortos de seda, al igual que blusas con mangas oversized, pantalones de cuero, simpáticas camisetas, vestidos con estampados florales y algunas piezas a rayas.
De este modo, el refinamiento del vestido de ceremonia con abundantes brocados, finos bordados y exceso de delicadeza de la ropa de la época, se mezcló con la dinámica modernidad de las prendas de hoy.
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Un elaborado abrigo de cola puede cubrir armoniosamente unos pantalones ajustados, mientras un vestido se deja tener vuelo y caer de manera espectacular hasta unos zapatos deportivos.
Con este estilo, la Maison brinca a través del tiempo y se adapta a las diferentes épocas, combinando lo barroco con lo futurista, la elegante con lo casual, la realidad con la televisión.