
En la Amazonía, una abeja puede parecer insignificante frente a la inmensidad de la selva. Pero estas pequeñas polinizadoras sostienen ecosistemas, forman parte de la vida de comunidades indígenas y producen una miel utilizada durante generaciones. Y ahora tienen algo todavía más extraordinario: derechos legales.
La historia detrás de este cambio comienza con Rosa Vásquez Espinoza, una bióloga química y conservacionista peruana que aprendió a mirar la Amazonía desde dos mundos: el de la ciencia y el de las comunidades que llevan generaciones viviendo en ella.
Su trabajo con las abejas sin aguijón acaba de llevarla a convertirse en una de las cinco Laureadas de los Premios Rolex 2026. Pero el premio no es el punto final de esta historia. Es, en realidad, el comienzo de una nueva etapa para un proyecto que busca proteger 200,000 hectáreas de hábitat amazónico y crear una red de santuarios administrados por las propias comunidades indígenas.
Todo comenzó con una abeja
No hay grandes animales protagonistas en esta historia. No hay jaguares ni ballenas ni expediciones a territorios remotos. Hay algo mucho más pequeño.
Vásquez Espinoza comenzó a estudiar las abejas sin aguijón de la Amazonía en 2020. En ellas encontró una especie que reunía varios de los elementos que marcarían su investigación: biodiversidad, conocimiento ancestral, medicina tradicional y una relación directa con la salud de la selva.

Las comunidades indígenas llevaban generaciones utilizando su miel. La ciencia podía ahora ayudar a entender y documentar algunas de las propiedades que tradicionalmente se le atribuían.
A través de Amazon Research Internacional, organización que fundó y dirige, Vásquez Espinoza comenzó a investigar estas especies y a estudiar las amenazas que enfrentaban.
La respuesta apareció pronto: la deforestación, la degradación de sus hábitats, los pesticidas y el cambio climático estaban poniendo presión sobre poblaciones que cumplen una función esencial como polinizadoras.
Su investigación estableció un vínculo científico entre la deforestación y el declive de las abejas sin aguijón.
Pero entonces apareció otra pregunta: si estas especies eran tan importantes, ¿por qué no existían mecanismos específicos para protegerlas?
Cuando una abeja adquiere derechos
A finales de 2025, las abejas sin aguijón de la Amazonía peruana se convirtieron en los primeros insectos del mundo en recibir derechos legales.
El cambio no es menor. Significa reconocer que la protección de estas especies puede ir más allá de conservar un bosque o limitar una actividad humana: también implica reconocer a los propios insectos dentro de un marco jurídico de protección.

“Este es el primer insecto del mundo en obtener derechos legales gracias a nuestro trabajo”, afirma Vásquez Espinoza.
El precedente podría tener consecuencias más amplias para la conservación, aunque el verdadero desafío comienza ahora: convertir ese reconocimiento legal en protección efectiva sobre el terreno. Y ahí es donde entra la siguiente fase de su proyecto.
200,000 hectáreas protegidas
Hasta ahora, Vásquez Espinoza y su equipo han estudiado 40,000 hectáreas de selva, identificando más de 300 colmenas silvestres y 1.6 millones de abejas sin aguijón.
También trabajan con 11 comunidades y han formado a más de 350 personas indígenas en apicultura sostenible, emprendimiento e investigación ecológica. Siete de cada diez personas capacitadas son mujeres.
El siguiente paso es mucho más ambicioso. Con el respaldo de los Premios Rolex, Amazon Research Internacional desarrollará 10 santuarios para abejas sin aguijón liderados por comunidades indígenas en puntos estratégicos para la biodiversidad.

La organización también mapeará 200,000 hectáreas de hábitat con la intención de crear un Corredor de Conservación de Abejas sin Aguijón transfronterizo que llegue hasta Bolivia y se extienda a lo largo de las fronteras entre Perú, Colombia y Brasil.
La escala resulta reveladora. Para salvar una criatura diminuta hace falta, en realidad, proteger un territorio enorme.
El conocimiento que guarda la selva
Para comunidades como los Asháninka y Kukama-Kukamiria, las abejas sin aguijón forman parte de una relación mucho más profunda con el territorio.
Su conocimiento abarca la apicultura, la utilización de la miel, las prácticas medicinales, los relatos y la mitología. Son saberes transmitidos mucho antes de que un laboratorio comenzara a estudiar las propiedades de esta miel.
Por eso, el trabajo de Vásquez Espinoza no busca sustituir esa tradición por ciencia. Busca poner ambas conversaciones en el mismo lugar.
La investigación científica permite medir, documentar y comprender mejor a las especies. El conocimiento indígena aporta una lectura del territorio construida durante generaciones.

Entre ambos existe una posibilidad particularmente poderosa: que conservar una especie también signifique conservar una cultura.
Una nueva generación de exploradores
El reconocimiento de Rosa Vásquez Espinoza llega en un momento simbólico para Rolex. En 2026, los Premios Rolex celebran cinco décadas de apoyar proyectos vinculados con la exploración, el conocimiento y la protección del planeta.
El programa nació en 1976, con motivo del 50º aniversario del Oyster, y con el tiempo transformó su mirada: de la exploración como una manera de descubrir el mundo a la exploración como una herramienta para comprenderlo y protegerlo.
Hoy, esa filosofía forma parte de Rolex Perpetual Planet, iniciativa que reúne proyectos dedicados a los océanos, los paisajes y la ciencia, la salud y la tecnología.
Vásquez Espinoza se incorpora a una comunidad de 165 Laureados apoyados por Rolex, cuyos proyectos han llegado a casi 70 países.

Para ella, esa trayectoria también funciona como una especie de mapa. Conocer lo que otros Laureados han conseguido después de recibir el apoyo del programa le permite imaginar qué podría suceder con su propio proyecto si consigue llevarlo a una escala mayor.
En la Amazonía, la conservación puede comenzar con una criatura que apenas pesa unos gramos y terminar extendiéndose por cientos de miles de hectáreas.