
¿Qué hace que Chanel sea Chanel? Esa es la pregunta que guía el debut de Matthieu Blazy en Haute Couture. Su respuesta se construye desde la prenda: una sastrería depurada, detalles que parecen secretos y una colección que avanza entre la memoria de la Casa y la historia personal de quien la viste.
Debutar en esta Maison no es empezar de cero: es entrar a una conversación que lleva décadas escribiéndose. Por eso, el primer desfile de Matthieu Blazy como Director Artístico de las actividades de moda se siente como una declaración de intención: su entrada a la Alta Costura no está planteada como una ruptura, sino como una revisión cuidadosa de lo esencial.
Y desde ahí, el diseñador elige el camino menos obvio, pero quizá el más exigente: volver a la raíz y dejar que el legado hable, sin subrayarlo.
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La esencia de Chanel, según Matthieu Blazy
Blazy parte de una idea clara: para Chanel, la Alta Costura no es un ejercicio estético aislado, es el alma misma de la Maison. La plataforma donde la artesanía, la construcción y la emoción se encuentran en su máxima expresión.
Su lectura de ese universo se centra en algo muy concreto: la prenda cobra sentido cuando se usa. Cuando se mueve con el cuerpo. Cuando se vuelve historia personal. Chanel, en este debut, se entiende como un diálogo entre el atelier y quien viste.
La colección avanza con una energía suave pero precisa: ligera en apariencia, compleja en ejecución.
El traje Chanel abre el show
El primer gesto de Matthieu Blazy es también el más simbólico: el traje Chanel abre el desfile, pero no como lo recordaríamos en su versión más estructurada o tradicional.




Aquí aparece depurado, delineado, casi suspendido, construido a partir de transparencias de mousseline de seda en tonos tiernos. El resultado es una versión más etérea del icono: como si el traje se presentara no solo como prenda, sino como memoria.
Un clásico que no se impone: se insinúa. Y con eso, el diseñador deja claro que su debut no busca competir con el archivo, sino releerlo con sensibilidad.
El legado no se esconde
Chanel siempre ha sabido contar historias a través de códigos. Blazy, en cambio, añade una capa interesante: los códigos se vuelven personales.
Aparecen pequeños “tesoros” integrados a la prenda como si fueran objetos privados:
- una carta bordada
- referencias a N°5
- el guiño de un lipstick rojo
No están ahí como un toque publicitario ni como decoración evidente, sino como pistas. Elementos que se guardan en bolsillos, se cosen al interior o se suspenden desde cadenas que forman parte del vocabulario de la Casa. El efecto es casi cinematográfico: la prenda no solo viste, también guarda.
La metamorfosis
A mitad del relato llega el giro: las mujeres de la colección comienzan a transformarse en aves.
No es un tema literal, sino una construcción desde la técnica: bordados, plisados, capas, tejidos y superposiciones que evocan plumajes sin necesidad de caer en lo obvio. El trabajo de los ateliers flou y tailleur, junto con la artesanía de le19M, sostiene esa idea de transformación con un nivel de detalle que se percibe incluso en lo más ligero.
Del negro profundo —que recuerda a cuervos y a una sastrería de corte impecable— la colección se abre a combinaciones que sugieren color y movimiento, como si la Alta Costura pudiera cambiar de forma frente a los ojos.
Lo interesante de este primer capítulo de Blazy en Chanel es que entiende el peso del nombre, pero no se queda atrapado en él.



El legado aparece de manera constante: en el traje, en la cadena, en la idea de la prenda como construcción impecable. Pero la colección evita el museo. Lo que propone es otra cosa: un Chanel esencial, donde la emoción se vuelve parte del corte y la ligereza se vuelve una forma de poder.
En tiempos donde muchos debuts se presentan como ruptura total, Blazy elige algo más complejo: entrar con respeto, con control y con narrativa.
Y así, su primer desfile de Alta Costura para Chanel se siente como lo que es: una llegada al corazón de la Maison, no para cambiarlo de golpe, sino para hacerlo latir distinto.