Punta Mita, donde el paisaje marca el ritmo
St. Regis Punta Mita

Hubo un tiempo en que Punta Mita era apenas un murmullo en el mapa: un pequeño pueblo pesquero rústico apartado de todo. Hoy, esa misma costa —la que antes solo conocía de redes y una pequeña aldea— se ha convertido en uno de los rincones más codiciados de México, un sitio en el que la relajación, el lujo y la exclusividad se mezclan para ofrecer un momento íntimo. 

Esta transformación no borró el origen; la elevó. Punta Mita aún conserva algo de esa historia pesquera en la manera en que la selva baja se enreda con el mar, en los atardeceres únicos que tiñen el cielo de rojo y naranja en Bahía de Banderas, en el Pacífico que marca un ritmo único para aquellos que lo visitamos.

Basta cruzar la entrada de esta exclusiva comunidad para entender de qué está hecha la vida en Punta Mita: playas privadas, exclusivas residencias, terrenos de golf. Y es que este deporte se anuncia antes que las palabras: los campos se despliegan a la vista desde el primer trayecto, y hasta la manera de moverse por el sitio—en carritos de golf que se suman unos a otros por las rutas— parecen un recordatorio constante de dónde estamos. 

No es coincidencia, este sitio, alberga dos campos de renombre mundial diseñados por Jack Nicklaus —Pacífico y Bahía—, y entre ambos destaca uno de los hoyos más singulares del planeta: “Cola de la Ballena”, el único green del mundo situado sobre una isla natural.

Donde el paisaje se convierte en protagonista

Nuestra primera parada es un exclusivo condominio dentro de Tau Residences, donde la vista se vuelve el sentido principal para contemplar la grandeza de Punta Mita. Desde la alberca privada se admiran los atardeceres característicos de los que hablábamos al inicio y el oleaje de la playa dicta una tranquilidad única y especial.

Desde el baño, la ventana enmarca, como un cuadro, la extensión de los campos de golf. Desde la tina se vive un momento a solas donde es inevitable detenerse, respirar, reflexionar y dejar que el paisaje imponga su propio silencio, lejos de la multitud.

La sala y la cocina se piensan como un mismo gesto: tranquilidad y confort en perfecta armonía. El diseño sofisticado se traduce en una distribución donde cada espacio invita a disfrutar la estancia, desde un desayuno privado hecho por un chef, hasta el descanso en la habitación. Así, los condominios logran ese diálogo constante entre la elegancia costera y la comodidad de una verdadera suite.

Para llegar a los restaurantes de la comunidad, el condominio puso a nuestra disposición un carrito de golf: el mismo que horas antes marcaba el paso de la vida en Punta Mita ahora se convertía en cómplice del recorrido, volviendo cada trayecto una pequeña aventura. Entre las paradas obligadas se impusieron dos nombres: El Surf Club y Pacífico Beach Club, ambos con propuestas culinarias que por sí solas justificaron el viaje.

Muy cerca de ahí, otro capítulo de este viaje apenas comenzaba a formarse…

Donde comenzó la historia de un ícono en América Latina

En 2009, St. Regis decidió escribir su primer capítulo latinoamericano: The St. Regis Punta Mita Resort, un hito que marcó la llegada de la marca al continente y que, desde entonces, ha sido sinónimo de la hospitalidad más refinada en esta costa del Pacífico.

Aquí se gestó nuestra segunda parada: con un concepto totalmente distinto, The St.Regis se caracteriza por su servicio de mayordomo privado (Butler), una figura clásica que siempre estuvo pendiente de nuestras necesidades desde el primer instante, incluso de manera anticipada. Este sello del hotel se hizo visible desde el primer día.   

Nuestra habitación se asomaba a la playa y los ventanales se abrían hacia una terraza privada que bien podía transformarse en un espacio para leer, trabajar o simplemente descansar; aquí el tiempo parecía transcurrir lentamente entre el silencio de la playa y la calma que ofrece el lugar.

Gastronomía en Carolina

La gastronomía terminó por convertirse en una de las experiencias más memorables del viaje. Llegamos a Carolina apenas una semana después de su inauguración, y sin embargo, todo —el servicio, el ambiente, el pulso de la cocina— se sentía como si tuviera coordinación desde hacía años.

El chef Jorge González se acerca a la mesa para contarnos cómo nació la idea de reinterpretar este sitio, apostando por la especialidad en cortes de carne. Y vaya que el cambio fue acertado: cada corte llega jugoso, justo en el punto solicitado, como si la parrilla obedeciera al milímetro. Las entradas no se quedan atrás: el puré de papa con trufa se ejecuta con precisión, mientras que la ensalada Carolina despliega tanto color como sentido del juego en cada bocado.

No es casualidad que este sitio se haya convertido en uno de nuestros preferidos. Incluso el nombre lo anticipaba: un guiño al protagonismo que estaba destinado a tener. Carolina rinde homenaje a Caroline Schermerhorn Astor, madre de John Jacob Astor IV, el hombre detrás de la creación de St. Regis.

Entre la relajación y la exclusividad

Para los viajeros que buscan una desconexión total está el Remède Spa que se erige como un santuario dedicado a la relajación y revitalización del cuerpo y el espíritu. Cuenta con sauna, zona de baño y salones de descanso que se complementan con tratamientos elaborados a partir de líneas exclusivas como Remède, Bliss y Decleor, ejecutados por un personal atento a cada detalle.

Para culminar con la travesía, nos esperaba una sesión de Sound Bath, una experiencia tan meditativa como terapéutica: recostarnos y sentir cómo el cuerpo se rinde poco a poco, dejar que las ondas sonoras y vibraciones hicieran lo suyo, recorriendo cada parte del organismo, como si cada nota tuviera el propósito exacto de soltar la carga del día a día.  

Así llega a su fin este viaje, Punta Mita al final nos deja una sensación difícil de explicar: la de haber encontrado un lugar donde el lujo no compite con el paisaje, sino que aprende a convivir con él. Entre la playa, campos de golf, gastronomía y un paisaje pensado para detener el tiempo, aquella antigua comunidad pesquera parece seguir ahí, solo que transformada. Quizá ese sea el verdadero encanto de este rincón del Pacífico: haber evolucionado sin perder la esencia que lo caracteriza y nos recuerda que, algunas veces, el mayor privilegio es simplemente tener tiempo para disfrutar del paisaje.