
Es un medio día de finales de marzo, justo cuando el invierno languidece frente a la calidez de la primavera. Entonces, una manada de delfines acompaña la pequeña embarcación, “Chispita”, a bordo de la cual me desplazo por la dorada costa del Pacífico mexicano. Algunos de estos inteligentes mamíferos saltan inquietos sobre el agua, mientras otros deciden utilizar las olas que genera el bote para surfear. Una postal que, de inicio, se asume como una imagen difícil de olvidar para quien es testigo de tal momento.
Ese no fue el único, un sereno tour por una apacible laguna, rodeada del canto de aves migratorias y la presencia inquietante de los cocodrilos; o un picnic con la entrañable imagen del Volcán de Colima, como telón de fondo, son parte de las experiencias que animan una conversación introspectiva al conocer dos magníficas propiedades. Estas se asumen como hermanas, pero al mismo tiempo despliegan un carácter distinto muy bien definido: desde la vida relajada acompañada por el abrazo acogedor del sol y la playa, hasta la tranquilidad retrospectiva que transmite una finca centenaria.

Se trata de Cuixmala, situada en Costalegre, Jalisco, y Hacienda San Antonio, en Colima. La transición entre ambas puede convertirse en un golpe de realidad y sorprender a los visitantes con apenas poner un pie en sus tierras. Dependiendo de su personalidad y estado de ánimo, cada huésped elegirá la opción que mejor se adapte a su carácter y estilo de viaje. En cualquier caso, ambas propuestas definen el auténtico lujo mexicano, fusionando hospitalidad con conservación.
Ambas separadas por más de 250 kilómetros en carretera, que en auto se recorren en casi cuatro horas. No obstante, existe la posibilidad de realizarlo mediante un vuelo chárter privado, como fue mi caso, puesto que el Rancho Jabalí, adyacente la propiedad en Colima, cuenta con una pista privada de césped para aterrizar.
DOS FORMAS DE MIRAR EL MUNDO
Una mezcla de arquitectura mexicana, marroquí e india sorprende al estar frente a Cuixmala y cruzar el umbral. De inmediato aparece una encantadora fuente resguardada por una serie de arcos y columnas que da la bienvenida a los huéspedes. Se trata de un sofisticado resort ecológico de lujo enclavado en un entorno natural, casi tan idílico como la imponente edificación, que abarca desde playas vírgenes, bosques tropicales secos y humedales cercanos a la Reserva de la Biosfera Chamela-Cuixmala.
La finca costera cuenta con 43 alojamientos que van desde cuatro emblemáticas suites, seis lujosos bungalows, villas privadas y diez encantadoras “casitas”. De esta manera brinda una inmersión total en un paisaje memorable.

Los días aquí transcurren entre vistas a las tranquilas aguas oceánicas, playas escondidas, donde el mar salvaje golpea con fuerza las rocas del acantilado; y recuerdos construidos en la icónica piscina/escalera, situada a la orilla del mar, cuyo trazo sorprende por su geometría perfecta.
Al adentrarse un poco más en este refugio se tiene la sensación de estar en medio de un safari africano, sobre todo cuando las cebras, antílopes, cocodrilos y centenares de especies de aves migratorias hacen su aparición, como una imagen trasgresora de la naturaleza salvaje que demuestra con creces cómo puede convivir en armonía con el hombre. Para comprobarlo basta con acceder a recorridos por la laguna, paseos en bote, así como programas de bienestar integrados por sesiones de yoga, sound healing o la Monochord Bed Sound Therapy. Los visitantes también pueden participar en la liberación de tortugas marinas, a través de la fundación ecológica del resort.
Si Cuixmala cautiva con su excepcional propuesta de sol y playa, Hacienda San Antonio lo hace a través de una mirada mucho más introspectiva.
Al aterrizar en sus terrenos, un silencio meditativo envuelve la atmósfera. El entorno se torna casi contemplativo cuando, tras una breve caminata, nos detenemos bajo la sombra de un frondoso árbol para ser partícipes de un encantador picnic, mientras admiramos el Volcán de Colima y a una manada de caballos corriendo en libertad.
Llegar a esta finca centenaria de más de 120 años de antigüedad, situada junto a un rancho en funcionamiento de 5,000 acres y la reserva natural protegida Rancho Jabalí, implica bajarle el ritmo a la vida. Los bosques exuberantes, lagunas serenas y cuidados jardines a la reflexión profunda.
En tanto, su arquitectura revela una singular combinación de grandeza histórica con autenticidad cultural y refinada hospitalidad. La propuesta de hospedaje se compone por 25 suites de diseño individual, con puertas francesas que al abrirlas enmarcan al “Coloso de Occidente” o a los hermosos jardines.

Los paseos a caballo permiten admirar este lugar desde una perspectiva distinta, buscando una conexión profunda con la naturaleza al cruzar cascadas y recorrer senderos serpenteantes. Aquí no hay mar; lo que existe es contemplación en su forma más primigenia.
UNA MISMA VISIÓN
A pesar de esta dualidad de carácter, que pareciera irreconciliable, ambas propiedades comparten una promesa en común: la preservación y una propuesta de turismo regenerativo, que encuentra su epítome de expresión en la propuesta gastronómica.
Cuixmala gestiona una extensa granja orgánica y biodinámica que provee productos frescos, hierbas y distintos ingredientes utilizados en todo el complejo; Hacienda San Antonio, por otra parte, mantiene como el corazón de su despliegue culinario a Rancho Jabalí. Ahí se producen quesos orgánicos, café, miel, aceites esenciales y la mayoría de los ingredientes utilizados en la cocina de la propiedad.

La finca costera desdobla destinos culinarios únicos: el restaurante Casa Cuixmala, con un menú de inspiración internacional, y Casa Gómez by the Casitas, especializada en cocina tradicional mexicana. Además de experiencias exclusivas que incluyen una noche sobre la arena a la luz de las fogatas para degustar una suculenta cena bajo las estrellas y el sonido del mar acompañando amenas charlas.
San Antonio, en cambio, seduce con momentos más sencillos, pero igual de entrañables: como una serie de picnics dispuestos para disfrutar un lunch o una comida especial, flotando sobre la laguna de la finca o bajo árboles centenarios en Epazote Ranch.
La propuesta gastronómica para la cena se despliega en un cautivador comedor principal con vistas al jardín, fiel al encanto que define cada rincón de la Hacienda. Para momentos más relajados, la cocina junto a la piscina ofrece una alternativa informal. Sin importar la elección, hay una premisa irrenunciable: el menú se nutre de ingredientes producidos en estas propiedades hermanas, que incluso se abastecen entre sí.

Al abrir las puertas francesas de mi habitación, el Volcán de Colima se muestra majestuoso, con el pico despejado, como si supiera que ha llegado el momento de la despedida. Solo resta decir adiós a una experiencia de viaje que se difumina, casi como un sueño etéreo; un cúmulo de vivencias que se tornan en el recordatorio irrefutable de que estamos aquí y seguimos vivos.