
Aquella ciudad. La misma que durante años imaginé desde la distancia, guiada quizá por mi profundo apego a los relatos de Gabriel García Márquez. Los paisajes que construí a través de sus palabras acompañaron mi juventud, pero fue al caer la noche, cuando la ciudad amurallada comenzó a desplegarse frente a mí, que tuve la sensación de haber entrado en una novela viva. La vista desde lo alto del Four Seasons Hotel & Residences Cartagena parecía confirmar aquella intuición.
Aunque abrió sus puertas en la primavera de este año como una de las incorporaciones más esperadas de la hospitalidad latinoamericana, su historia comenzó mucho antes. Su materialización ha requerido casi dos décadas de restauración, investigación y diálogo con la memoria de Cartagena.
El hotel ocupa varios inmuebles históricos cuidadosamente restaurados, entre ellos el antiguo Club Cartagena. En el vestíbulo, mi imaginación viajó de inmediato a la época en que la élite local se reunía en aquellos salones de impecables proporciones, mientras Annie Monnier, gerente general del hotel, relataba el largo proceso que devolvió el esplendor a este conjunto patrimonial. La protagonista sigue siendo la gran escalera central, cuya cadencia parece acompañar el eco de otra época que permanece suspendido entre sus muros.

Construido durante el periodo republicano frente al Parque del Centenario, el edificio destaca por una fachada inspirada en la Ópera de París. Su restauración siguió los planos originales del arquitecto francés Gastón Lelarge, devolviendo protagonismo a una de las piezas más representativas de la arquitectura republicana de Cartagena.
En el interior, el diseñador francés François Catroux —autor de algunos de los espacios residenciales más refinados de las últimas décadas— propone una elegancia serena y contenida. Cartagena representa uno de los pocos proyectos hoteleros de su carrera y también uno de los últimos. Su lenguaje combina referencias coloniales, proporciones clásicas, mobiliario diseñado especialmente para el proyecto y una sensibilidad contemporánea que departe con el trabajo de artistas latinoamericanos.
El edificio reafirma su vocación como punto de encuentro para la vida social cartagenera. Ese espíritu se percibe en Bar Lelarge, bautizado en honor al arquitecto francés. Su carta de cócteles, inspirada en los grandes clásicos, y un ambiente de refinamiento discreto hacen de este espacio un preludio natural para la noche.
La experiencia en The Grand Grill recupera la solvencia del comedor clásico. Su propuesta acerca a los sabores locales, aunque es en su contundente selección de pescados y carnes donde el menú revela su verdadero carácter: cortes de inequívoca tradición estadounidense que constituyen el sello de identidad con el que Major Food Group, dirigido por Mario Carbone, inauguran su expansión en Sudamérica.
La amplitud del salón, la distancia entre las mesas y un servicio preciso invitan a prolongar la sobremesa. Es suficiente observar cómo la ensalada César se prepara junto a la mesa para comprender que aquí el ritual tiene tanta importancia como el propio plato.

Con esa hospitalidad que invita a seguir explorando, el hotel funciona también como punto de partida para descubrir Cartagena. A unos cuantos pasos, Getsemaní despliega su energía inagotable. Un breve paseo por sus calles conduce al legendario Havana Club, donde es fácil comprobar que, en esta ciudad que imaginé durante tantos años, pasado y presente se reúnen en agradables ritmos.
Serenidad absoluta
Cuando la noche vuelve a envolver los corredores verdes, el ambiente cambia por completo. La transición es silenciosa. Los árboles longevos hacen las veces de guardianes y es fácil sentirse arropado por lo que alguna vez fue un claustro franciscano del siglo XVI. En este edificio patrimonial se distribuyen apenas 17 habitaciones que conservan buena parte de su esencia original: muros de piedra coralina de gran espesor, techos de altura generosa y profundos vanos que filtran la luz tropical para mantener los espacios naturalmente frescos.
El interiorismo entiende esa arquitectura. Mobiliario diseñado a medida, cerámicas y textiles elaborados por artesanos, junto con una paleta de tierras, blancos cálidos y maderas oscuras, prolongan la sensación de recogimiento.

Ese mismo espíritu se extiende hasta Umari Spa, instalado dentro del antiguo conjunto conventual. Aquí la arquitectura vuelve a marcar el ritmo: recorridos interiores, transiciones pausadas y una atmósfera donde la luz, la escala y los materiales invitan a bajar el ritmo.
La propuesta de bienestar encuentra inspiración en ingredientes botánicos locales, tomando como referencia la planta umari que da nombre al spa. Masajes, tratamientos corporales y rituales faciales buscan restablecer el equilibrio a través de técnicas manuales y elementos naturales. Amazonian Nectar resume esa filosofía en una experiencia de una hora que combina ingredientes amazónicos, como el maracuyá, con piedras calientes que ayudan a liberar la tensión mientras nutren la piel.
La mañana comienza en El Patio del Limonar. Allí, entre frutas locales y recetas que honran la tradición caribeña, el desayuno se convierte en un prefacio para entender la riqueza de la región. La experiencia, sin embargo, no se agota en la mesa; es el impulso necesario para adentrarse a pie en el Centro Histórico.
En este Patrimonio de la Humanidad, la historia palpita en la piedra de sus murallas, pero también en los talleres de artistas, las boutiques de diseño, los restaurantes y bares reconocidos por su apego al territorio y su ingenio, así como en la algarabía cotidiana que da sentido al puerto.
Al final, al contemplarla nuevamente desde el Four Seasons, es inevitable reflexionar que Cartagena rara vez coincide con la postal literaria que construí en mi juventud al leer a Gabriel García Márquez. Lejos de la ficción, me encontré con una urbe más compleja, luminosa y sí, también inesperada. Y es precisamente en esa tensión donde radica su mayor magnetismo: en su inusual capacidad de probar que, mucho después de erigidas sus fortificaciones, cada caminata impone el comienzo de un nuevo relato.

Travesía insular
A bordo de un bote privado, la ciudad queda atrás y el mar marca un nuevo ritmo rumbo a las Islas del Rosario. Entre las 27 formaciones coralinas del archipiélago aparece Calamambo, una isla privada que forma parte de la selección de experiencias exclusivas de Four Seasons para sus huéspedes. Después de una mañana de esnórquel, el almuerzo se convierte en otra forma de descubrir el destino: una cocina que nace de la riqueza del Caribe y del saber heredado de generaciones de pescadores y agricultores.