
Son innumerables las experiencias que se cruzan en el camino de un periodista a lo largo de los años. Muchas resultan interesantes, algunas memorables y unas pocas terminan ocupando un lugar privilegiado en la memoria. Son esas raras ocasiones que, mucho tiempo después, siguen regresando con una nitidez sorprendente.
Tuve la fortuna de vivir recientemente una de esas experiencias que permanecerán conmigo mientras la memoria me acompañe y que, con toda probabilidad, seguirán sobreviviendo gracias a las historias que uno cuenta a los amigos, a la familia o quizá algún día a los nietos.
Tudor: estética vintage y espíritu deportivo
La invitación llegó de la mano de Tudor, una firma que me fascina no solo por la calidad de sus relojes o por la personalidad que ha sabido construir en torno a su identidad, sino también por la forma en que ha reinterpretado su propia historia. Pocas marcas han sabido recorrer con tanta coherencia el camino entre pasado y presente. Su apuesta por la estética vintage, iniciada hace ya más de una década con modelos como el Heritage Chrono inspirado en un cronógrafo de 1971, supuso una declaración de intenciones que acabaría consolidándose con piezas tan relevantes como el Advisor o, especialmente, el Black Bay, convertido hoy en uno de los grandes iconos contemporáneos de la relojería deportiva.
Sin embargo, bajo esa estética inspirada en el pasado siempre ha latido un marcado espíritu instrumental y deportivo. No en vano, la firma fundada por Hans Wilsdorf hace ya un siglo ha construido gran parte de su reputación alrededor de relojes concebidos para la aventura, la exploración y el rendimiento. Precisamente es en ese territorio donde se enmarca la experiencia que nos llevó hasta Valladolid.

La ciudad castellana acogía el pasado mes una de las citas más destacadas de las Series Mundiales de Rugby 7, una competición que reúne a las mejores selecciones del planeta en una modalidad tan espectacular como exigente. Entre ellas se encontraban los combinados masculino y femenino de Nueva Zelanda, los legendarios All Blacks 7s y las Black Ferns 7s, dos auténticas referencias mundiales de este deporte.
Gracias a la estrecha vinculación entre Tudor y las selecciones neozelandesas desde 2017, un reducido grupo de periodistas tuvimos la oportunidad de compartir una sesión de entrenamiento con varios de sus jugadores y jugadoras apenas unas horas antes del inicio de la competición.
Las características del rugby 7
Para quienes no estén (como no lo estaba yo) familiarizados con esta disciplina, el rugby 7 representa una versión más dinámica, veloz e intensa del rugby tradicional. Como su propio nombre indica, cada equipo está compuesto por siete jugadores en lugar de quince, los partidos son considerablemente más cortos y el ritmo apenas concede pausas. Todo sucede más deprisa: las carreras, los contactos, las transiciones y las decisiones. El resultado es un espectáculo de enorme atractivo visual que ha conquistado a nuevas generaciones de aficionados y que, además, tuvo un papel decisivo en el regreso del rugby al programa olímpico a partir de los Juegos de Río de Janeiro de 2016.

Fue precisamente Tudor quien hizo posible una experiencia que difícilmente puede describirse como una simple actividad para prensa. Durante unas horas dejamos de ser observadores para convertirnos en participantes. Compartimos el césped del campo de Arroyo de la Encomienda, hogar del Club Rugby Arroyo, con algunos de los mejores especialistas del mundo en esta disciplina. Allí, a escasos metros de quienes compiten al más alto nivel internacional, fue posible comprender qué significa realmente la palabra élite en deporte y en calidad humana.
El rugby posee una capacidad singular para cautivar incluso a quienes, como fue mi caso, se acercan a él por primera vez. Existe, por supuesto, una evidente fascinación por su intensidad física, por la velocidad de las acciones y por la espectacularidad de muchas de sus jugadas. Pero lo que verdaderamente distingue a este deporte son los valores que transmite. El respeto al rival, la disciplina, la camaradería y una deportividad casi ritual forman parte inseparable de su esencia. Son principios que se perciben dentro y fuera del terreno de juego a los que, en nuestra experiencia, se sumaron el buen humor, la complicidad y una alegría contagiosa.

Que Bradley Tocker, Regan Ware y Ngarohi McGarvey-Black, integrantes de los All Blacks 7s, o Danii Mafoe, Justine McGregor y Maia Davis, de las Black Ferns 7s, te enseñen a sujetar el balón para pasarlo y recibirlo, te expliquen por qué hay que apoyar desde cerca al compañero, cómo hay que dar giro al balón para enviarlo con la mayor precisión posible y cómo hay que colocarlo para patear, o choquen tu mano después de un ensayo es algo que difícilmente se olvida. Durante unos instantes desaparece la distancia habitual entre periodista y deportista para dar paso a una experiencia mucho más cercana, casi íntima.
Sin embargo, si algo permanece grabado una vez termina la jornada no es la fotografía compartida ni el privilegio de haber entrenado junto a algunos de los mejores jugadores del planeta. Lo que realmente deja huella es la pasión y la cercanía que transmiten. Se aprecia en la intensidad con la que ejecutan cada ejercicio, pero también en sus sonrisas, en las bromas entre compañeros y en la energía contagiosa con la que afrontan cada minuto sobre el césped que nos hicieron perder el miedo al sol intenso y a nuestras reducidas dotes deportivas.

Porque, más allá de los títulos, las medallas y los éxitos acumulados —los All Blacks 7s ostentan, sin ir más lejos, el récord histórico de 56 victorias en torneos de las Series Mundiales de Rugby 7—, hay algo que se hace evidente al observarlos de cerca: disfrutan profundamente de lo que hacen. Y pocas cosas resultan tan inspiradoras como contemplar a alguien que encuentra la felicidad en aquello a lo que dedica sus días. Bradley Tocker lo resumía con sencillez durante el inevitable tercer tiempo: «Nos brinda la oportunidad de viajar por todo el mundo, haciendo lo que más nos gusta y compartiéndolo con otras personas». Una frase que, en el fondo, explica mucho mejor que cualquier palmarés por qué siguen siendo una referencia dentro y fuera del campo.