Al rumor de la piedra viva
Al rumor de la piedra viva

Con los ecos del Grand Tour latiendo en la cabeza, un nuevo arribo a Roma se antoja, por decir lo menos, irresistible. Esta vez, el ambiente local se revela más pausado que de costumbre, con algunos paseantes de siluetas desinfladas bajo sombras atizadas por el sol estival.

Tierra de césares y fragua de la civilización occidental, Roma emerge al paso como fuente inagotable de inspiración para quienes deambulan por sus senderos de piedra viva, esos que comparten historias de grandeza en momentos impredecibles y que son escuchadas con éxito por los caminantes que suelen detenerse ante cada nueva inscripción tallada en piedra que sale al paso.

Este traslado introductorio al rumor vital de la metrópoli conduce al Hotel de la Ville Rocco Forte, donde tras cruzar el umbral se percibe un aura de sprezzatura flotando en libertad. Aquel concepto que encapsula la elegancia italiana eleva la imperfección inherente a la humanidad hacia una nueva categoría artesanal, haciendo del encanto natural un oficio milenario practicado con éxito en estas latitudes.

Con aquella fragancia sobre los hombros, el encuentro con Café Ginori es inevitable. Este espacio culinario firmado por la casa italiana de porcelana Ginori 1753 induce un primer brindis de mediodía: el cóctel Oriente Italiano, una versión del tradicional spritz que infusiona fresa y canela enriquecidas con licor Italicus y cedrata tassoni, de amargor ligero e inconfundible.

Cerca del anochecer, la terraza de El Cielo Bar ofrece una vista privilegiada de Roma negada al mismísimo Miguel Ángel: es la cúpula de la Basílica de San Pedro refulgiendo al fondo. Más de cerca, los techos cobrizos de las casas del centro absorben la luz agonizante de un día que se resiste a perecer, no obstante ser las 9 pm. Como un techo flotante en movimiento, los pendones del bar avivan la atmósfera mediterránea e infunden una dosis de energía cuando el arribo de un cóctel pone fin a las cavilaciones. Esta vez, es el Sky Spritz, que a decir del mesero pulveriza los efectos del calor romano en complicidad con Amante 1530, espumoso Castello di Torre in Pietra y soda de arándanos.

Una hora después, caminando hacia la Piazza della Trinità dei Monti, que corona la Piazza di Spagna, se conquista una de las vistas emblemáticas de la ciudad sin haber tenido que pisar los 135 escalones que integran su célebre escalinata. La jornada cierra con aires de grandeza.

Descubrimientos y contrastes

Mosaico es un espacio propicio para iniciar el día con la lectura del periódico en mano y un expreso italiano en la mesa. Este restaurante, también firmado por Rocco Forte, ostenta una estampa clásica que recoge inspiración del Grand Tour, aquel concepto de viaje cultural de matices aristocráticos que servía como iniciación a la etapa adulta hace siglos y ofrecía una inmersión en las artes y los pasajes clásicos romanos. Concebida por el diseñador británico George Carter, la geometría de Mosaico evoca los jardines naturales de aquella época en un entorno custodiado por los tres edificios históricos que moldean la propiedad.

Mosaico, restaurante de Rocco Forte, evoca el espíritu viajero del Grand Tour.

Desde aquí, una caminata ligeramente ascendente lleva, tras unos minutos, a Villa Medici. Al llegar, es Manuela, amante del arte y de las letras afincada en Roma, quien funge como custodia y guía por los pasajes de la hoy Academia Francesa de Roma, centro de arte y hogar de residencias artísticas. Al resguardo de una imponente fachada firmada por el arquitecto Bartolomeo Ammannati, un arco generoso inunda el palacio de luz. Es la Loggia dei Leoni, punto de acceso a unos jardines de talla renacentista y geometría fascinante, flanqueados por dos leones monumentales tallados en mármol.

Tras avanzar hacia los jardines se revelan senderos laberínticos en los que se escucha, quizá con mayor fuerza que en ninguna otra parte, la verdadera banda sonora del verano romano: el canto ininterrumpido de cigarras ocultas en las copas de los pinos y cipreses que ahí habitan. Aquel canto, que supera los 80 decibelios con facilidad es, en realidad, una llamada del amor que florece en la época estival.

Al mediodía, de regreso al Hotel de la Ville, la esencia creativa de la firma Ginori 1735 impregna una nueva búsqueda culinaria al pie de la Via Sistina 69. El primer bocado es para los ojos, atendiendo al colorido vibrante de la vajilla Oriente Italiano, cuyos motivos florales rinden tributo al clavel. Enmarcada por hilos de oro, aquella flor de Júpiter de porcelana realza un espagueti con tomates y albahaca, una lasaña con ragú y, manteniendo el tono franco y goloso del menú, un puré de papa con aceite de oliva. El cierre con una nota dulce acentúa el preciosismo de una mesa propia de un joyero cuando un tiramisú se asoma desde un bombonero cilíndrico de porcelana.

Horas después, los deleites culinarios, en comunión con el calor rampante, ameritan un giro de tuerca que avive la tarde. Y el ingreso al Irene Forte Spa, un santuario de bienestar que ofrece tratamientos con ingredientes botánicos cultivados en una granja orgánica ubicada en Sicilia, luce ideal para llevar al extremo el concepto de contraste y, de un plumazo, pasar de los 35 a los -110 grados centígrados en una cámara criogénica de cuerpo completo. Tras un ejercicio de respiración que apacigüe los miedos, el aire frío y purificado recorre el cuerpo durante tres minutos que transcurren con rapidez a medida que la puerta de cristal comienza a empañarse. El efecto revitalizante es inmediato y, ciertamente, se percibe desde adentro. La promesa de la sesión se extiende a un aumento de la sensación de claridad mental y a mejoras en la calidad del sueño.

Al anochecer, una parada en El Cielo Restaurante, una nueva cima en el Hotel de la Ville, incita a descubrir la propuesta culinaria del chef Fulvio Pierangelini, cuyo menú rinde tributo a los sabores del Mediterráneo bajo la luz de la luna. El festín da inicio con un carpaccio de ternera con avellanas y caviar que antecede a un duelo de pastas: a la izquierda, linguini con flores de calabacín y un toque de limón; a la derecha, raviolis de ricota con pecorino. El veredicto apunta a un empate indiscutible… hasta que arriban los medallones de cordero, que cosechan los laureles cerca de la medianoche.

Senderos naturales

El amanecer romano, esta vez al cobijo del Hotel de Russie, la segunda propiedad de Rocco Forte en la capital, inicia a unos pasos de la Piazza del Popolo, cuyo umbral permanece fiel a su vocación de recibir a todos aquellos que arriben en busca de la esencia del destino. Junto a la Porta del Popolo, a unos pasos de la Piazza, aquellas travesías que nacían en la Toscana, Venecia y Austria, hoy extienden su origen a los confines del mundo, afirma Pascal van Duijnhoven como banderazo de salida en una excursión urbana que desliza una promesa irresistible: descubrir gemas ocultas.

La maestría de Andrea Pozzo crea la ilusión de un templo abierto al infinito.

Lo dice sin titubeos al hacer un alto frente al Pantheon, de frente a una fila incipiente de personas que desafían el calor intenso del mediodía en aras de ingresar al templo en un día de postal. Después, entre calles estrechas que revelan senderos libres de turistas, el guía (quien suma dos décadas en la ciudad tras haber sucumbido a su encanto y abandonar su natal Países Bajos) reflexiona sobre la inconveniencia del suelo pétreo al caminar, no obstante su belleza. Finalmente, hace un alto a un costado de la Chiesa di Sant’Ignazio di Loyola, un templo que pone en oposición la sobriedad de su exterior travertino con la opulencia de un interior rico en mármol policromado, pan de oro y estuco; una antesala al descubrimiento de una gema que reposa inerte sobre las sienes de los visitantes: La Apoteósis de San Ignacio, obra maestra del barroco romano firmada por Andrea Pozzo, quien con su maestría entrega la sensación de habitar un templo abierto al infinito y que, no obstante contar con un lienzo completamente plano, plasma la curvatura visual esperada de los arcos y las columnas de la construcción custodiando el ascenso del santo. Son varias miradas vidriosas las que atestiguan aquel milagro óptico cincelado con pinceles.

Le Jardin, un escenario de naturaleza bucólica que encarna la sprezzatura romana. Entre luces titilantes y mesas dispuestas al aire libre, la vegetación envuelve la escena y transforma la contemplación en una experiencia casi fantástica, en pleno centro de la ciudad.

La búsqueda de una cita gourmet con sabor a mar conduce a Ristorante Due Ladroni, a unos pasos del río Tiber y de la Piazza Nicosia, en pleno Centro Histórico. La atmósfera revela tanto a viajeros que dejan sus cámaras en los asientos como a ejecutivos en busca de una sesión de negocios distendida, con una botella de vino italiano en el centro de la mesa. Tras solicitar una aproximación fiel a la identidad del restaurante, el mesero emprende una auténtica bacanal atizada por un vino blanco del Alto Adigio, en el norte italiano: es el Chardonnay Sanct Valentin 2023, que deja un final largo y salino en los labios. Tras finas deliberaciones, destaca el linguini con lubina, limón y virutas de botarga, seguido muy de cerca por un rodaballo al horno con patatas, tomates y aceitunas. El Mediterráneo a la mesa.

Dos horas después, con el sabor del mar latiendo en el alma, la caminata por el corazón de la ciudad sigue una sola regla: evitar las vías principales y optar por los callejones menos transitados. Así ocurre hasta llegar al bar Stravinskij, alojado en el Hotel de Russie, donde Camilla Rabuffetti, mixóloga de ARCA, el bar galardonado ubicado en Tulum, realiza una residencia que le permite compartir con la audiencia preparaciones inspiradas en la jungla mexicana de sus amores. 

A unos pasos, el bar Aquazzura ofrecía un maridaje de tacos y cócteles preparados con destilados, muy cerca del restaurante Le Jardin, de naturaleza bucólica, que se erige como hito estilístico de Roma y posee una atmósfera evocadora de la sprezzatura. La disposición de las mesas con luces titilantes dirige la atención al nacimiento de un jardín que traslada a la contemplación un matiz fantástico.

Al tiempo de evocar los pasos del Grand Tour romano, se redescubre una ciudad que plantea un solo reclamo antes de saciar apetitos de vida desbordados: firmar el regreso por anticipado.