
Tupananchiskama, aún resuena en nuestra memoria. “Hasta que la vida nos vuelva a encontrar” quiere decir en español. Dicho en quechua, adquiere un significado que trasciende una simple frase de despedida para anhelar un ciclo donde las personas y los caminos vuelvan a coincidir.
Así, Perú demuestra que más allá de su pasado precolombino y la gastronomía, es un país que, de muchas formas, altera los sentidos de quienes lo visitan. Desde el mal de altura que justifica observar la belleza de Cusco, hasta la imagen introspectiva de una reflexiva postal que mira al mar desde los acantilados limeños. Cada detalle parece encajar de forma perfecta, tal como lo hace la piedra de los doce ángulos en las calles de la capital del antiguo imperio Inca.
Desde la habitación en el piso 19 del JW Marriott Lima, esta ciudad palpita al ritmo sigiloso de una metrópolis que pareciera forjarse como una especie de pasadizo secreto, hacia los misterios de una cultura civilizatoria que, hoy se sabe, comenzó con Caral. Esta floreció casi al mismo tiempo del Antiguo Egipto y las primeras dinastías de Mesopotamia, lo cual queda de manifiesto al visitar el Museo Larco en el destino.

Para sumergirse en esta historia llena de enigmas indescifrables, el reconocido hotel (mismo que recientemente entró a la lista de alojamientos recomendados por la Guía Michelin) fue objeto de una amplia remodelación en años recientes. En ese momento se le incorporaron llamativos detalles que forjan una personalidad propia, como espejos en las paredes colocados de tal forma que proyectan un significado relacionado con Machu Picchu o Sacsayhuamán (dos de sus extraordinarias zonas arqueológicas); o elementos relacionados con los jardines verticales que hacen alusión al acantilado de su capital o los paisajes de Cusco.
Así, esta propiedad busca sumergirnos en el viaje que estamos por comenzar en Perú.
DE NIKKEI Y OTRAS EXPLORACIONES CULINARIAS
Eso también se percibe en la propuesta gastronómica desplegada en sus renovados espacios como el restaurante La Vista, a cargo de su chef ejecutivo Rafael Casin, así como del JW Lounge, en donde él nos explica que acaban de renovar la carta especializada en cocina Nikkei, en la cual añadieron siete u ocho nuevos platos, y conservaron algunos de los anteriores. De esta forma buscan innovar un poco más con la exquisita propuesta culinaria, la cual se puede degustar en un espacio que hace alusión a un jardín japonés, con todo y un árbol en medio, e inmensos ventanales enmarcando el paisaje citadino.
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Ese fue el preámbulo perfecto para que al día siguiente Lima aguardara a mostrarnos más secretos de su cocina, a través de la vibrante escena restaurantera, fortalecida tanto en el Distrito de Barranco como en Miraflores. Es el caso de Ciclos café, una cafetería de especialidad que tiene su propia tostadora, por lo cual es ampliamente frecuentada por los verdaderos amantes de esta bebida, o Isolina, posicionado entre los destinos de comida criolla más prestigiosos y populares de esa capital.

Sin embargo, unas horas más tarde esperaba una reveladora experiencia culinaria compuesta por un menú de degustación de 10 tiempos en Mayta, del chef Jaime Pesaque, (este restaurante fue elegido como el mejor del mundo en 2022 en los World Culinary Awards, mismo año en el cual debutó en la lista de los World’s 50 Best Restaurants). Su propuesta es una auténtica oda a esa tierra y la gastronomía tradicional peruana, en donde además se utilizan elementos como erizos o tenazas de cangrejo, mismos que hacen las veces de vajilla o cubiertos.
A unos pasos del emblemático restaurante el reconocido chef nacido en Tacna, Perú, meses atrás abrió un pequeño espacio llamado “Yachay”, mismo que funciona como cocina y espacio de investigación culinaria.
Esa velada se convierte en un revelador encuentro para nuestro paladar con ingredientes provenientes de las expediciones profundas en la Amazonía peruana como: el paiche (un gigantesco pez amazónico) preparado con carachamba, tucupi, umari y sacha tomate; o como postre: suri (una larva comestible de la selva) acompañado de hormiga curuhuinsi, cacao, macambo y arazá.

Después de ese magistral momento culinario, la noche acompaña el regreso a JW Marriott al tiempo que Lima comienza a sumergirse en nuestros recuerdos, con Cusco posicionándose como un largo y añorado encuentro que aguarda a la mañana siguiente.
SABORES ANCESTRALES
Mientras el piloto anuncia que estamos en preparación para aterrizar, un interminable y sorprendente paisaje montañoso se despliega desde la ventana del avión. Tras un momento que parece interminable, dotado de adiestradas maniobras en el aire y el deseo por ya estar en el destino, finalmente la pista del aeródromo aparece en el horizonte cercano.
Cusco con sus 3,400 metros sobre el nivel del mar nos recibe, con la precaución de evitar el mal de altura, para mostrarnos una espléndida ciudad que emerge entre la majestuosa Cordillera de los Andes. Ahí, la herencia española y los resquicios Incas conviven con la cotidianidad del destino.

Muy cerca de la Plaza Principal, con su magnífica catedral que tardo 500 años en ser construida, se localiza el JW Marriott El Convento Cusco, construido sobre lo que otrora fuera un antiguo convento del siglo XVI, en donde en la actualidad se pueden apreciar los restos arqueológicos de los periodos Pre-Inca, Inca, Colonial, Republicano y Contemporáneo. De esta forma, el hotel se convierte en una experiencia cultural en sí mismo para los huéspedes.
Sin duda, el preámbulo perfecto para animarnos a conocer la que fuera capital del antiguo imperio, misma que invita a perderse entre sus calles y descubrir maravillosos rincones llenos de historia.
No sin antes disfrutar de una cena especial en Qespi, el restaurante del hotel que despliega un concepto de cocina vanguardista con insumos locales. En palabras de su chef ejecutivo, Carlos Atausinchi, quieren mostrarles a los comensales que hay mil maneras de comer oca y otros productos nativos.
La formación inicial de él se dio en la cocina del reconocido chef peruano Rafael Osterling. Por ello, asegura, el concepto gastronómico en el hotel viene de ahí: “hago cocciones largas, trabajo con mucha mantequilla negra y mucha crema. Me gusta mucho la cocina mediterránea y la francesa. Y trato, en la medida de lo posible, de llevar este aspecto al contexto en el que me encuentro.”

Esta visión también la comprobamos durante la Experiencia de Huatla Ancestral, en el hermoso patio central de la propiedad, en donde la propuesta culinaria rescata las técnicas milenarias de cocción andina bajo tierra. Y, para terminar la tarde, en el bar somos partícipes de una clase de preparación de pisco sour, un coctel tradicional de la región, que es imposible no probar.
Así, después de seis días recorriendo los dos principales centros turísticos de este país, es tiempo de hacer el check out en el JW Marriott, no si antes hacer una larga exploración a pie por Cusco, después solo queda decir: Tupananchiskama Perú.